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26 de junio del 2000
FRANCISCO LABASTIDA: ENTRE AMIGOS Y COLABORADORES
A veces la sonrisa se queda a la mitad. Precio de su tiempo, de su circunstancia actual. Otras aparece el encanto antiguo, vuelve a ser seductor, amable, cálido, vuelve a ser quien es. Todavía hoy, en el umbral, en el principio de los últimos tiempos, suele ganar algunas batallas su ropaje antiguo. Su parapeto permanente que es, paradoja de muchas, abierta recepción, entrega simple hasta un cierto espacio, hasta una de las muchas capas de su piel vulnerable y resguardada a perpetuidad por su mente. Como pocos hombres Labastida Ochoa es compaginación amalgamada de intelecto y sentimiento. Nada de su conducta es, exclusivamente, dictada por una de estas dos fuerzas que parecen complementarias cuando en realidad, dentro de su ser, son contraposición que se apoya mutuamente. No es definición complicada. No al menos cuando uno lo conoce profundamente. Así, valga un ejemplo obvio, resulta lógico que le hable de usted a quienes son sus más cercanos colaboradores, a los dos o tres, o diez pero siempre muy pocos, seres en quienes confía permanentemente. Entendible que siga manteniendo la aparente distancia del "usted" a lo largo de más de veinte años. Y que eso, a diferencia de lo que podría concluirse en un juicio apresurado, no tenga importancia. Cualquiera que venga de fuera, que no sepa de sutilezas muy profundas puede equivocarse en esto, y en muchas otras cosas, con Francisco. La distancia tiene otras medidas para él. Así como la fresca, amorosa cercanía. Otras magnitudes, otras traducciones, otras simbologías. Por eso, porque de entrada parece tan simple, provinciano, espontáneo, hay quien cree conocerlo a las pocas horas. Nada más lejos de la verdad. Hombre de intensidades internas, no lo es de angustias, sí de insomnios. Sí de irritaciones contenidas, de marcar espacios afectivos. No de preocupaciones sin sentido, sí de ocupaciones productivas. La diferenciación entre éstas, entre aquello que debe ocuparlo para ser resuelto y lo que no debe preocuparlo, es inasible. Pero en los resultados impera, siempre, la ortodoxia. Gana habitualmente el equilibrio que es, contundente, uno de los signos existenciales de Labastida Ochoa. ¿Es tolerante? Depende de lo que se entienda: "La tolerancia tiene que ser de ambas partes. Nada más, de ambas partes". ¿Hombre de pasiones? Muchas. Todas. Y ninguna. O, digamos, hombre de pasión por la vida. Es decir, por lo que hace, por su familia, por su mundo más cercano, por sus amores, por su compromiso ideológico, por sus propios sueños, por sus fantasmas más recónditos, por las cosas más simples y por las más complicadas ecuaciones. Conquistador y conquistado, a veces por idénticos motivos. Cruzado que sale de noche a surcar los mares más oscuros, aquellos donde dijeron que el universo deja de ser. Obrero de los que ponen pacientemente
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