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28 de junio del 2000
PRIISTA, POLITICO Y FUNCIONARIO


A veces, recuerdo la noche de tantos cuestionamientos, en que Labastida se encontraba metiendo las manos hasta el fondo del enojo, del rechazo a lo que hacía desde el poder público aquel hombre que quiso ser rey, Carlos Salinas. El mismo que le envió el operativo más sucio a la capital del estado que gobernaba, en su ausencia de domingo, para intentar exhibirlo, ponerlo contra la pared, arrodillarlo. Y en respuesta el valor, ese acto suicida en su momento de acompañar al viejo procurador, al abogado Lazcano que ya había sido otra vez procurador de Sinaloa sin cambiarse de casa, a presentarse en la muy poderosa Procuraduría donde Coello hacía y deshacía mientras don Enrique dejaba pasar la tarde plácidamente.
La vocación a toda prueba, desde analista en la Secretaría de Hacienda a los veinte años, pasando por Caminos y Puentes un mes y días como cuarentena indispensable, hasta Bucareli. Siempre sin tirar paredes, sin cambiar el escritorio de lugar, con sus fotografías, su música y sus recuerdos que no lo son, que le pertenecen por decisión propia como la imagen de la Virgen que perteneció a Morelos.
Tres veces Secretario de Estado, por segunda vez obligado precandidato a la Presidencia, gobernador, embajador, subdirector y Subsecretario antes, cualquiera podría apostar a que el gobierno no tiene secretos para Francisco. Debe serlo, aunque cada vez, en cada nombramiento se aproxima a su oficina con la humildad del que inicia su camino, del que pone la primera piedra sobre su proyecto de vida. Y así lo vive cotidianamente, con el entusiasmo que olvida horarios, que desboca rutinas, que exige demasiado a los que están cerca sin pago de horas extras, a veces sin una palabra de aliento.
La disciplina como algo natural, a ratos gozosa. La disciplina que es fuente de alegría, de ese echarle ganas que prolonga las juntas hasta terminar frente a un plato grasoso de tacos fríos en la madrugada como si fuese lógico, premio ganado a pulso. Esa es la realidad, tan lejos de los planes, de las ambiciones, de las estrategias para llegar. Para convertirse en.
Francisco Labastida es hombre de amigos, de lealtades, de libros, de cuadros, de bucear, del mar, de cultura aunque no le gusta el caviar y su sensibilidad culinaria es más bien tirando a provincia. Puede dar cátedra sobre el arte de mezclar una cuba-libre, de preferencia con Coca-Cola pequeña y de botella. Aquí sí acepta que el orden de los factores altera el resultado.
No es nuevo en los juegos del poder.
No es extraño que su segundo matrimonio con Tere, una mujer excepcional, tenga la paz de las buenas relaciones que han durado toda la vida, o que de pronto abrace a su nieto como si Dios existiese, o que haya dejado de fumar Delicados, o que sea hoy más guapo en su edad, lo que es, lo que sucede en su vida puede muy fácilmente ser

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