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19 de julio del 2000
EL "DILE A PANCHO" MILITAR
Ese día era todo amabilidad. El comedor de cuatro estrellas, arriba de su oficina, ayudaba a esa sensación de control, de poder, que emanaba del uniforme. En el tuteo, producto de más de veinte años de relación, planteaba la opción. Abierto, definitivo: "¿Por qué no un civil?" Frente a mi entrecejo pleno de incredulidad, se permitió aclarar: "Quiero decir yo". El titular de la Defensa Nacional, general Enrique Cervantes Aguirre, se había candidateado como su propio sucesor.solté la carcajada, abierta, antes de asumir, presurosa, en voz alta que era una broma. Cervantes Aguirre me aclaró que no. Porque una vez terminado este sexenio podía retirarse, automáticamente convertirse en civil y ser el primer civil en encabezar las fuerzas armadas. Mi respuesta fue, todavía, más lapidaría: Pero mi general, por favor, tú también vas a entrar al síndrome de dos años. Esto en clara referencia a lo que fue, durante mucho tiempo, una constante en esa oficina, la petición al mandatario entrante para quedarse al mando sólo por dos años más. para terminar todos los programas iniciados. De cualquier modo, con la puntualidad y transparencia que exigía el encargo, transmití el mensaje a la brevedad posible. Era parte del juego "Dile a Pancho" que entre los políticos, los civiles era -simplemente- más directo. Y fui a decirle a Pancho que su amigo Cervantes quería repetir, como civil. Obviamente, agregué que la idea me parecía descabellada y absurda. Como cada vez que el tema era militar, Labastida Ochoa insistió en pedirme que negase que teníamos esas "conversaciones". Cuando era Liébano Saénz, para citar un nombre, el protagonista del "dile a Pancho" sólo había una sonrisa, un gesto de complicidad por su parte. Ya antes, cuando en la Secretaría de Gobernación comenzó este fenómeno abiertamente futurista, me había comprometido a decirle todo, sin meter mi cuchara y/o deformación profesional, o siquiera mis afectos. Y Francisco había aceptado mi falta de cortapisas. Incluso diría, tantas veces, que le hacía falta verme precisamente para eso, para saber, para enterarse de lo que pocos querían ya decirle. También sabíamos cómo iban sus bonos en el medio por la intensidad de esas solicitudes de "dile a Pancho". Uno de los temas candentes era el militar. Y ahí Francisco quería, siempre, protegerme. Nunca quise preguntarle si tenía información privilegiada al respecto, simplemente acepté la escolta que me envió, formada por miembros del todavía entonces CISEN, bajo el mando de Wilfrido Robledo, con instrucciones de hacer frente a "cualquier agresión militar". Por lo tanto esa vez, como todas, insistió en pedirme que negara mis conversaciones con él sobre las fuerzas armadas. El expediente, que estuvo presente todo el tiempo, hasta la noche del sábado primero de julio en su oficina del
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