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28 de julio del 2000
LA BATALLA DE CHIAPAS


Roberto Albores es hombre de batallas. Que sabe ganar, que no suele perder aunque se diga preparado para ello. A lo largo de su vida pública, desde aquellos días estudiantiles en que discursear a nombre del candidato presidencial Echeverría significó subirse al tren de la aventura revolucionaria, ha entendido que todo es una rueda de la fortuna temporal. Que igual se está arriba antes de bajar, que abajo antes de subir.
Por ello es el perdedor que ganó, o viceversa. A como quieran juzgarlo sus detractores, a como quieran aceptarlo sus seguidores. Lo que nadie puede negarle a Roberto es su capacidad de jugar a la vida en serio, de frente, rompiendo todos espejos, aferrándose a su ser como si el ejercicio de congruencia fuese el mejor, el único posible.
No es, no podría serlo, hombre de carácter fácil. Menos aun de trato terso, sí sorprende a su interlocutor una inteligencia conformada por muchas capas, por envolturas delicadas y sólidas que igual hablan de cultura universal que de sabiduría en historia. Siempre, eso es lo que lo significa tanto como político, encuadrado su conocimiento en el sentido común.
Es decir, en su capacidad de aterrizar las lecciones de otros tiempos para el presente, para el inmediato ahora de su hacer. Que, vaya que es simple analizarlo en su desempeño como gobernador de Chiapas, convierte en su ser.
Así Roberto es la suma de acciones políticas de un hombre de poder que sabe para que sirve. Que lo esgrime agresivo, que lo doma persuasivo como al caballo que debe sentir tu voz, tu olor, tu cercanía antes de ser montado.
Eso, sobre todo, es lo que ha demostrado en su paso por Chiapas.
Eso, sobre todo, es lo que le ha ocasionado tantos malestares en el centro de las decisiones políticas.
No es, no ha sido, no sabría como se le hace para ser gerente o empleado del Presidente de la República. Convertido en gobernador sustituto por una serie de errores ajenos, Albores Guillén se lo tomó en serio. Se creyó que la letra muerta de las leyes políticas, tan semejante a las normas de usos y costumbres indígenas en su rigidez, era digna de respeto. Por todos, en todo momento.
Así se impuso a sí mismo el mandato de un pueblo que no voto por él en su día, pero que hoy expresa un referéndum cotidiano que haría palidecer de envidia a varios mandatarios estatales de oposición. Lo cierto, pese a quien corresponda, es que los chiapanecos lo han legitimado como su gobernante, que de ahí emana su fuerza.
Que es, definitivo, bronca. Como el entorno geográfico de Chiapas, como la mano dura del capataz que debe hacer obedecer sin tiempo para esgrimir razones, pero también como tendría que ser la fuerza que enfrenta cotidianamente el ser local, el derecho de los chiapanecos, a la sinrazón de la federación. De un centro absurdamente cerrado a la autonomía de

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