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31 de julio del 2000
ESTE YA NO ES EL TIEMPO DE FRANCISCO LABASTIDA
El destino, que existe, se construye cotidianamente. A saber o no. El destino, que existe, no puede evadirse o reinventarse cotidianamente. A veces el destino es el silencio, irse, ser parte del olvido. Es como una baraja que otros reparten, y no queda sino jugar con las cartas que llegaron a las manos. En nuestra historia el ejercicio del adiós, del irse, del dejar el espacio vacío ha sido una constante. Los hombres de poder que nos gobernado son expertos en esa materia. Conste que digo "hombres de poder". Y lo han sido porque, tan simple, para poder regresar hay que irse primero. Esa es una de las lecciones de Javier García Paniagua, saber irse al encierro en espera de vientos propicios. No es el caso de Francisco Labastida Ochoa. Y debería serlo. Su historia, al menos en cuanto corresponde a estos tiempos de confusión y tristeza, está terminada. Se acabó. Se cerró el telón con la palabra fin, se cancelaron las matracas y los templetes, se rompieron las palabras de la victoria para un "siempre" que va a durar. Por eso tantos lloramos tanto en la sede del PRI la noche del dos de julio pasado. Fueron, las de todos, lágrimas de pesar inmenso por todo, por el universo, por el sueño que se había perdido irremediablemente. Desde un modelo de país hasta la oportunidad de que un hombre extraordinario fuese Presidente de México. Después, sin espacio para secarnos las lágrimas, sin tiempo para enmielar las heridas del corazón, todos nos abocamos a entender. Lo que quiere decir descuartizar entrañas, despellejar vísceras. Este ejercicio duele de muchas maneras, implica aceptaciones humillantes, concesiones a la razón ajena, mansedumbre frente al enemigo que cala todos los sentidos. Este ejercicio que levanta tanto los humores y olores podridos, apenas comienza. Debe finalizarse bien, en paz, para proseguir al encuentro de un nuevo rostro, de una fuerza nueva. ¿Dónde colocar al protagonista principal de la derrota? Por lo pronto no el sillón de las lapidaciones. Porque hacerlo simplificaría el proceso, pero también haría víctima perpetua a quien, simplemente, tuvo errores imperdonables. Lo que no es igual, lo que no puede ser juzgado de idéntica manera. No es tiempo propicio para el equilibrio, para sentenciar con salud mental y disposición existencial al líder, al responsable mayor de la más grande de las derrotas. No se vale, pero sobre todo no se lo merece Francisco Labastida Ochoa. No debe permitirlo, en primera persona del singular. El que tanto admitió, que tanta culpa tiene por haber tolerado a sus colaboradores tanto, no debe terminar la labor de sus enemigos subiéndose a una arena para la que no está preparado, a un combate para el que no tiene armas a disponer. Su tiempo, por un tiempo muy largo, ha terminado. Su campaña, su posibilidad, su
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