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10 de agosto del 2000
LA LIBRE VOLUNTAD DE ABORTAR


Jamás, lo saben las mujeres, habrá un placer mayor a dar a luz.
La vida, con todos sus misterios y profundas frustraciones diarias, se justifica en sí misma por el acto de abrir las piernas para que de tus entrañas más profundas emerja un ser que tiene, por ese solo hecho, todas las oportunidades a disposición.
Por eso, porque nada puede implicar mayor gozo, compromiso más profundo con la naturaleza humana, la maternidad tiene que ser obligadamente un acto donde converjan la capacidad intelectual y la emocional. Tiene que partir de la voluntad femenina.
Miente quien dice que el instinto materno, o lo que torpemente se califica como tal, es connatural a las mujeres. Por el contrario, es el acto de voluntad primaria y primera de la gestación, de ese llevar a otro ser dentro de tu organismo, lo que permite que cualquier instinto, cualquier capacidad amorosa, de protección hacía el hijo pueda darse.
Los muchos casos de bebes abandonados en botes de basura, apenas recién nacidos, son una de las muchas comprobaciones de lo anterior. El dar a luz a un hijo no te hace madre instantáneamente, a menos que se trate de un hijo deseado.
Por el bien de ese hijo, de ese ser humano que debe ser protegido para poder sobrevivir, tiene que existir voluntad libre de maternidad. Ese es, definitivo, el punto de partida para cualquier relación sana entre madres e hijos.
No existe, no podría siquiera imaginarse, una desgracia peor a convertirse en un hijo no deseado. De igual manera que la primera fuerza, que acompaña al ser humano a lo largo de toda su vida, que recibimos viene del amor materno. Quien es amado por su madre tiene, a su vez, capacidad de amar a otros.
Las mujeres, como los hombres aunque en otro entorno, sufren la mayor humillación, el daño más profundo, al ser violadas. Se trata de la profanación más incalificable del propio ser, de aquello que es absolutamente sagrado.
Como las mujeres, en esta sociedad machista, no somos valoradas como seres humanos plenos sino como objetos de uso y necesidad, los violadores nunca son suficientemente castigados. La violencia sexual, la utilización de un cuerpo contra la voluntad, tendría que ser objeto de penalizaciones tan grandes como sus consecuencias.
Cuando, además, de este infinito perjuicio, la mujer resulta embarazada se le obliga a decisiones muy dolorosas. Quien diga que el hijo de un agresor, de un violador, de alguien que tuvo la capacidad de lastimar, será amado habrá de mentir. Por el contrario, ese hijo será siempre un recordatorio viviente del peor de los momentos, de la humillación sufrida.
Las mujeres no aman a los hijos que no desean. Las mujeres violadas destruyen a los hijos producto de ese acto. La decisión a tomar es muy simple, aunque resulte igual de desgarradora: destruir esa posibilidad de vida cuando es,

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Todos los derechos de autor reservados por Isabel Arvide.