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14 de agosto del 2000
OTRO GENERAL DESMEMORIADO
Eran los días en que doña Carmen fue fotografiada sacándose el chicle de la boca para dárselo, mano sobre mano, al coronel Audifred, su ayudante personal, instantes antes de comenzar una ceremonia oficial. Ya habían comenzado las jornadas arrastrando su piano de hotel en hotel, así como la relación con Uri Geller y las excéntricas peticiones para comer pollo a deshoras, por lo que debían pagarse kilos de dólares en los restaurantes de cualquier ciudad del mundo. Con cargo al erario de la abundancia que no aprendimos a administrar. Obviamente no era una "primera dama" discreta o recatada, desde el maquillaje recargado hasta los cinturones apretujados, pasando por los brillantes en movimiento constante. Sin embargo, se trataba de la compañera del jefe supremo de las fuerzas armadas. Seguía siéndolo cuando pedía que le colocaran paletas de agua de la Michoacana en el avión oficial. O al ordenar que sus "edecanes militares" permanecieran de guardia cuidando su perro. Y a los oficiales del Estado Mayor Presidencial les tocaba bailar con la música que les habían puesto, sin respingar la nariz siquiera. Como parte de la disciplina castrense. Debe haber sido finales de un abril todavía frío, especialmente en Ottawa donde el general Jesús Castañeda Gutiérrez, que había sido jefe del Estado Mayor Presidencial con el Presidente Echeverría Alvarez, estaba comisionado como agregado militar. Un grupo de militares, que serían los responsables de la gira presidencial a Europa y Canadá en el mes de mayo siguiente, año de la abundancia 1978, venían de regreso del recorrido de avanzada a París, donde la batalla con las autoridades había sido encarnizada para lograr cambiar el decorado de la habitación donde dormiría doña Carmen. Esto porque en la residencia oficial para huéspedes, en la contraesquina del palacio del Elíseo, se le había programado para su estancia de dos días un cuarto tapizado en color amarillo, con adornos dorados. Justamente el color que aborrecía la señora. Y no hubo manera de convencerla de aceptar en esas condiciones la "hospitalidad" francesa. Como tampoco podía hospedarse en otro sitio, el problema estuvo a punto de convertirse en un incidente diplomático. Por lo tanto, dichos militares, en nombre del gobierno de la República, tuvieron que cambiar, previo pago obviamente, la decoración completa de dicha habitación. Bastante más barato que subir un piano a la suite del hotel Plaza Athenée, por cierto. No fue la única anécdota que le contaron, ya entrados en confianza y supongo que con varias copas para atenuar la baja temperatura, a quien había sido su jefe. Largamente se despotricó contra la señora López Portillo y se comadreó sobre las peculiaridades de su carácter. Como nunca falta un chismoso interesado, al enterarse de esta reunión el general Godínez Bravo
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