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18 de agosto del 2000
PARA ENTENDER A CHIAPAS


La imposibilidad de comprender a Chiapas tiene orígenes ampliamente documentados. Desde el hecho, singular, de su voluntaria anexión a nuestro país hasta la diversidad cultural que define como irreconciliables a modos de producción, concepciones del universo de sus regiones.
A lo que debe agregarse, por encima de cualquier otra realidad, la idiosincrasia del chiapaneco.
Adentrarse a sus caminos implica, por tanto, un ejercicio serio en contra de los prejuicios. De todo aquello que damos por conocido, por dominado con relación a nuestra Nación. Ni Chiapas se parece profundamente a México, ni podría dejar de ser parte dolorosa de nuestro ser.
El modo de hablar, de comer, de relacionarse con su entorno de los chiapanecos es distinto. No sólo al resto del país sino dentro de su propia geografía. El nativo de la costa no tiene parecido alguno con quienes nacieron en Comitán o en la capital del Estado.
La diversidad, en todo sentido y referida a todas sus clases sociales, es la única constante en Chiapas. Nada se parece a lo que dicen los manuales, los esquemas conocidos, menos las estadísticas.
Desde los usos y costumbres indígenas que fomentan alcoholismo, muerte prematura de niños así como de mujeres, discriminación brutal contra el sexo débil, así como una profunda vida religiosa comunitaria hasta la tradición de reverencia a la palabra que ha hecho de Chiapas sitio de escritores, que ha cobijado a los poetas más esenciales de la era moderna.
¿Qué podría tener en común Jaime Sabines con un indígena que golpea a su mujer, vende a su hija, se emborracha hasta caerse en el atrio de un templo y sigue sembrando la tierra con métodos ancestrales? Todo. Nada.
La familia Sabines nació en Chiapas, vivió profundamente vinculada con todo lo chiapaneco, vendió alimento para ganado y estiércol en su tienda, gobernó la entidad y escribió que un hombre y una mujer se quedan solos, desnudos aunque no lo sepan de cierto.
Semejanza infinita existe, por ejemplo, entre Juan Sabines y Roberto Albores. Lo acepten o no sus detractores, lo ponderen insuficiente o no sus amigos. Pocos estilos tan "chiapanecos" de gobernar, de entender las especiales particularidades de la gente local, de sus conflictos, de sus permanentes rivalidades y sobre todo de sus irreconciliables diferencias. El arte de gobernar como expresión vital del talento político, siempre a partir de lo posible, de lo que existe.
Es decir de los chiapanecos, de aquellos a quienes Juan Sabines, hermano del poeta y mejor escritor a ratos, les gritó desde el balcón de su oficina: "Chinguen a su madre".
Esto, más todo lo que la imaginación pueda agregar, es Chiapas.
Es la entidad del petróleo, de la luz, de los recursos inagotables, de los verdes que no acaban jamás, de las cascadas y las pirámides que no tienen medida. Lo

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