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31 de mayo del 2003
MANUEL BUENDIA, EN EL RECUERDO
Aniversario de su asesinato.
Fue uno de esos días en que todo cambió. Que se recuerdan siempre porque algo se hizo añicos en el universo con su cauda destructiva. Tal vez hacía calor, eso sí no lo sé. Pero era un día de mayo en que yo comía con Félix Fuentes, compadre de toda la vida de la víctima, en el restaurante Champs Elysees, el antiguo, precisamente en el área conocida como la terraza. Ahí lo buscaron, no había celulares en ese tiempo, para que fuese a su oficina a recibir una llamada urgente. Félix sería, en consecuencia a esto, uno de los primeros en llegar a la escena del crimen. Todavía Manuel tirado en la banqueta, tal vez tapado con su propio impermeable. Ese día asesinaron al columnista político Manuel Buendía. Hace ya 19 años, hace todos los países, hace toda la historia compartida por quienes permanecimos para contarlo. Buendía no era un hombre fácil. Para nadie, ni siquiera sus amigos. Menos todavía para el poder público. Todos lo sabíamos, lo habíamos padecido y/o gozado. La muy difícil relación era, sin embargo, siempre enriquecedora. En ese sentido entrañable de lo que es importante. Manuel era, también, un hombre de pasiones, de amores, de mujeres, de historias, de una invariable capacidad para confrontar las necesidades de quienes eran perseguidos. Siempre, vale la pena insistir en ello, estuvo en el lado correcto. Al lado de quienes lo necesitaron. A la distancia describir al periodista es un ejercicio doblemente arduo porque quienes lo conozcan a través de estos "recorridos por la memoria", de estas palabras, carecen de puntos de referencia sobre la estructura de poder, los usos y costumbres del sistema político mexicano que hacían su conducta tan excepcional. Valga el ejemplo de su necedad para no aceptar regalos ni prebendas, sobres, asesorías disfrazadas. Ni siquiera aceptar invitaciones a provincia con cargo al erario público. Esto podría ser, debe serlo estoy cierta, la norma común de muchos, mayoría de periodistas. En esos tiempos lo convertía en una persona muy difícil de trato. Porque tampoco los políticos, incluidos los situados en la punta de la pirámide del poder, sabían como tratar a quien no jugaba estas reglas vigentes. Así, consta en tantos anecdotarios Buendía padecía cuando Carlos Hank González lo invitaba a desayunar y lo obligaba, prácticamente, a aceptar una pistola como regalo. El columnista político coleccionaba armas y una vez en su oficina, lo contaba él mismo encorajinado, debía buscar alguna de calidad equiparable para enviársela en reciprocidad del "regalo". Manuel Buendía fue sorprendido por un enviado del entonces responsable de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla, a quien yo le había presentado en un desayuno por petición expresa. Estaba confiado, en el estacionamiento, de ahí que ni siquiera haya alcanzado a defenderse. Su
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